De un tiempo a esta parte, el mundo está siendo consciente de que las redes sociales no son simplemente el refugio de cuatro frikis (cinco contando conmigo), sino que son un verdadero catalizador social. Es más, un catalizador con una capacidad de extender la información a una velocidad asombrosa. Prueba de ello son las revoluciones árabes, las declaraciones de ayer de Zapatero acerca de la Ley Sinde  o, a nivel más publicitario, lo que ha pasado con La Noria y sus anunciantes. El llamado “poder del pueblo” de toda la vida ha pasado a ser el “poder de los conectados” y nunca debe subestimarse. Menos aún las marcas. Y lo digo por dos razones muy evidentes (entre otras muchas): la primera es que ahí se reflejan las peticiones de su público; la segunda es que son una fuente inagotable para el aprendizaje.

Lo que viene ahora no tengo claro si partió de un particular o desde una agencia, pero deja de manifiesto el poder que tienen las redes para las marcas si se utilizan bien. La bebida Ice break es muy popular en Australia, pero al parecer no llegaba al este del país. Un chico comenzó una cruzada para que ésta llegase a sus ciudades y esto es lo que pasó:

Al final, una marca dejó de hablar, escuchó a lo que se le pedía y actuó en consecuencia. Punto. No hay más truco. A veces las cosas son tan sencillas como esto. El poder que confieren las redes sociales hace que sea mucho más fácil saber en que falla o acierta tu marca y actuar para potenciarlo o para solucionarlo. Obviamente no se puede atender a todo, pero otras veces sí.

Las marcas no deben estar en las redes porque está todo el mundo, sino como método de comunicación con sus clientes y para conseguir información valiosa sobre ella misma. Para estar conectadas con la vida real. Porque una marca que no hace más que mirarse el ombligo más vale que tenga un ombligo que compre sus productos, porque no es donde tiene que poner sus esfuerzos. El público manda: escúchalo.

Por cierto, la acción (nazca donde nazca) es obra de la agencia de las antípodas Three Drunk Monkeys (mola el nombre, ¿eh?)

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